Luis Buñuel, "Un perro andaluz".
Mal que le pese a Savarin y a los ideólogos del paladar evolucionado, la cocina “gourmet”, antes que nada, es un constructo publicitario que exacerba el carácter socializador de los alimentos compartidos, utilizando el valor simbólico de una cocina que apela netamente a lo visual. El discurso gourmet interpela a los consumidores apelando al sentido de la vista y desde esa apuesta a la “cocina de imagen” simula una suerte de democratización culinaria que impide abordar las problemáticas reales de la alimentación en nuestro país, es decir la cuestión del acceso. El consumo visual de alimentos que propone el periodismo gastronómico en boga construye una idea de apropiación colectiva de los platos exquisitos que expone para el deleite de todos. La cocina de ensueño que proponen los medios gastronómicos y el discurso publicitario se constituye como un triunfo colectivo, que es vivido de manera similar a los logros deportivos. En este sentido, el imperio de la imagen es oclusivo en relación al hambre.
Si el comer es un acto eminentemente individual, en tanto que el alimento que un sujeto consume no puede ser comido por otro bajo ninguna circunstancia, las imágenes que los representan pueden ser contempladas por múltiples sujetos a la vez. .El hecho de que sólo algunos puedan llevar a cabo el acto en sí, es decir comer, queda desplazado a un segundo plano. La cocina de ensueño que proponen los medios gastronómicos y el discurso publicitario se constituye como un triunfo colectivo, que es vivido de manera similar a los logros deportivos
Esta misma operación se manifiesta el concepto de “cocina arte”. Las preparaciones culinarias elaboradas en clave artística, desligan los hábitos alimentarios de las posibilidades económicas y anulan el debate ético sobre los mismos. Una vez que determinadas costumbres adquieren el valor de un “logro “colectivo, se instalan en el imaginario como rasgos propios de una sociedad y las posibilidades de cuestionarlas quedan fuera de campo. Se instituyen como figuras alimentarias incuestionables y adquieren un carácter totémico.
Dice Barthes en relación al vino en Francia: “… creer en el vino es un acto de compulsión colectiva: el francés que quiera tomar distancia del mito se expondrá a problemas no graves pero si precisos de integración”.En este sentido, determinados alimentos y la ideología de consumo que conllevan instituyen creencias míticas que excluyen la posibilidad de una toma de distancia analítica. He aquí, como los alimentos pueden fundar una moral.
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